jueves, 14 de noviembre de 2013

Marc y Atila


Les presento a Marc y Atila.


Estando acá he notado que hay muchas personas mendigando en las calles con sus perros. La mayoría de ellos está echado en el suelo, sosteniendo a su perro, abrazándolo, como si él fuera lo único que existe y el perro le devuelve una mirada llena de amor y paz, porque para él ese humano es lo único que existe, es su hogar. Uno nunca ve que los perros estén amarrados con correas, pero no hace falta, ellos no se separan un centímetro de sus compañeros. Es como si cada uno fuera el hogar del otro y darme cuenta de eso me conmovió y por eso decidí empezar a acercarme a algunas personas que me encontrara por la calle y estuvieran mendigando con sus perros. (Y, por si acaso, uso esa palabra, "mendigar", porque soy enemiga de los eufemismos y porque es la palabra que el español tiene para describir esa situación particular, sin ningún ánimo de hablar despectivamente.) Ellos me han recibido de formas muy diversas cuando me he acercado a conversar. En algunos casos, me ha recibido mejor el perro que el humano. Hasta ahora sólo he hablado con hombres, aunque alguna vez vi una chica que estaba con su labrador. Lo que sí he notado es que ninguno de ellos es español. Hasta ahora he hablado con un africano (Marc, desafortunadamente no logré entender el nombre del lugar en que nació), un italiano, un checo y otro hombre que no sé aún de dónde viene, pero visto que se llama Simona y no parece tener ninguna intención transgenerista, ha de venir de un país en el que Simona sea un nombre de hombre.

Ayer me encontré a Marc por la calle y como me di cuenta de que me reconoció, me detuve a conversar con él. Me contó que nació en África, que cuando tenía 13 años sus padres decidieron que se mudarían a Sudáfrica y ahí vivió hasta que tuvo que exiliarse porque hacía parte del movimiento anti-apartheid. Se fue a Bélgica. Desde entonces ha viajado sin descanso. Después de Bélgica ha vivido en Holanda, Escocia, Alemania, ha estado en Francia y Portugal, habla inglés, alemán, neerlandés y chapotea español y dice que las lenguas se le enredan y a veces se confunde no porque no las conozca sino porque, a veces, tarda un rato en entender en qué lengua le están hablando.  Me contó también que durante un tiempo estuvo involucrado en "Action Camps", que no sé muy bien qué serán (algún día le preguntaré), pero cuando busqué el término en Google di con esta página, por si a alguno le llama la atención: http://www.metowe.com
Le pregunté si Atila (que, a todas estas, no entiendo cómo puede tener semejante nombre siendo tan dulce, eso también debe tener su historia) era catalana y me dijo que no. Atila es belga, lleva 10 años dando vueltas con él. Y entonces quise saber cómo había terminado en Barcelona, y es por esta última parte que decidí compartir la historia, Marc me dijo: "Porque yo le prometí a ella [a Atila] que vería el mar Mediterráneo antes de que se quedara ciega". Atila tiene cataratas en los dos ojos. "Al comienzo [me decía Marc] tenía visión periférica, pero se fue cerrando y cerrando, hasta que se quedó ciega", y mientras tanto, Marc cerraba los túneles que se hizo entorno a los ojos con las manos. "Ya lleva tres meses ciega". Eso me llamó la atención porque Atila siempre se ve tranquila, yo creía que un perro que acaba de perder la visión sería más ansioso, y eso me confirma la idea de que Marc es su hogar. A ella da igual pasar el día entero en la calle sentada en un mismo lugar, Marc está ahí y eso es todo lo que importa. "Al comienzo estaba muy nerviosa, casi no se movía, ni quería salir. Hasta que empecé a jugar a la pelota con ella, en espacios pequeños", me contó cuando le pregunté por la ansiedad de Atila. "Ella oye dónde cae la pelota y entonces empieza a buscarla". E imaginé a Marc en una habitación con Atila, de noche, ya cansados los dos, jugando a la pelota, y Marc sin saber si reírse o llorar por la torpeza de su perra.

Llegado este punto, sentí que los ojos se me iban a aguar y rápida y torpemente me despedí de Marc, no quería que me viera llorar.

domingo, 13 de octubre de 2013

Cara y cruz

Una sombra con mezcla de tristeza y miedo abrió la puerta y salió a toda marcha, con el cuerpo inclinado hacia adelante, dispuesta a correr para que no la vieran. Eso era lo que quería, que no la vieran. No sé si nuestras miradas se cruzaron, y aunque sé que vi sus ojos, ya no los recuerdo. Tristemente, supongo que es normal que así haya sido: no tenía nariz. Lo que sí recuerdo es la expresión turbada, tal vez en ella hubiera algo de reto, aparte de la tristeza y el miedo. Tan pronto la vi pensé en la sensación del aire entrando con fuerza por las fosas nasales, en lo molesto, mortificante, incluso doloroso que debe ser para ella esa sensación, sobre todo en invierno. Pensé en que tal vez, por esa única razón, el verano fuera su estación favorita, porque respirar le dolería menos. Imagino que durante el otoño y sobre todo durante el invierno tendrá que andar con pasamontañas, porque de otro modo el frío debe quemar de un modo insoportable. ¿Podrá sentir olores?
Me pregunto cómo habrá perdido la nariz, porque ella no nació así: tiene una cicatriz. Han de ser innumerables la cantidad de cambios que habrá pasado después de aquello que le haya sucedido. Ahora pienso, sobre todo, en cómo habrán cambiado las expresiones de afecto que ella tiene hacia otras personas y las que recibe.
El que no tenga nariz hace que la relacione con una imagen de la muerte, de la muerte caminando por Barcelona, tal vez acabara de cumplir con su trabajo en uno de los apartamentos de están en el edificio del que salió. Una muerte amorosa, como la de José Saramago en "Las intermitencias de la muerte", amorosa y triste:

"La muerte lo sabe todo a nuestro respecto y quizá por eso sea triste. Si es cierto que nunca sonríe es porque le faltan los labios, y esta lección anatómica nos dice que, al contrario de lo que los vivos creen, la sonrisa no es una cuestión de dientes. Habrá quien diga, con humor menos macabro que de mal gusto, que lleva cincelada una especie de sonrisa permanente, pero eso no es verdad, lo que salta a la vista es una mueca de sufrimiento, porque el recuerdo del tiempo en que tenía boca, y la boca lengua, y la lengua saliva, le persigue continuamente".

Del modo en que a ella debe perseguirle el recuerdo de cuando podía caminar sin que el viento le enfriara el cráneo, los recuerdos de las veces en que alguien la tomó por la cintura y con delicadeza la besó, de cuando le besaban la punta de la nariz.

Lo siguiente que noté después de que ella siguió derecho fue la puerta de la que salió. Al igual que ella, está marcada, esta vez por una calavera con una cruz.


La imaginación es un arma peligrosa. Después de haber visto esa calavera justamente en la puerta de la que ella salió no pude sino intentar atar cabos que no tienen cómo ser unidos. ¿Habrá decidido marcar su casa, así como ella está marcada? y después de esa pregunta empecé a hacerme decenas de interrogantes más para intentar encontrar algo que me hablara sobre su historia. Negándome a terminar pensando en cosas como sectas religiosas, lo que sí llegué a pensar era si era calavera no fuera un modo de marcar un lugar en el que practiquen eutanasias, aún cuando la eutanasia no vaya conforme a los valores cristianos. 
¿Cómo será su vida diaria?, ¿con qué frecuencia pensará en la muerte?, ¿la deseará? 
Tal vez esa calavera no sea la marca de un lugar en el que unas personas se apiadan de otras y les ayudan a encontrar una muerte relativamente dulce y fácil, tal vez ella sí haya marcado su casa con ese signo y la cruz esté sobrepuesta a la calavera porque después de haber perdido uno de los rasgos más prominentes del rostro humano (experiencia que sin duda ha debido llevarla muy cerca de la muerte) se haya recuperado por medio del camino de la fe cristiana, imponiéndose esta sobre la negra Ker.
¿Cómo serán su sueños? Imagino que las pesadillas deben llevarla una y otra vez a un torbellino interminable en el que se repite ese instante que la dejó marcada, ese momento que le dio la visión permanente y anticipatoria de cómo se verá cuando sea alimento de gusanos. De alguna manera, ella es la muerte porque, aún caminando entre los vivos, sabe cómo hemos de vernos todos cuando paguemos dos monedas a Caronte. ¿Hasta dónde llegará su visión del hórrido abismo donde se anudan serpentinos sus sesos?



Puede ser también que yo esté terrible, profundamente equivocada relacionándola con la muerte. Más bien debería pensar en ella como una muestra de la vida resurgiendo de las grietas que dejó el dolor y la tristeza aplastante, porque si ella estuviera determinada a morir lo más seguro es que lo habría hecho ya. Su cicatriz no es nueva, de serlo no podría salir a la calle, menos todavía con el rostro descubierto. Lleva años caminando cargando el peso de una ausencia. Si todavía sale a la calle, si aún lo hace a la luz del día es porque la necesidad es apremiante o porque encuentra un sentido, una recompensa mayor que la ansiedad y el dolor que vienen de ese hecho. 
Después de haber quedado marcada ha debido surgir en ella un aprecio mucho más profundo y delicado por los pequeños gestos que tenemos entre nosotros para mostrar cariño, por las cosas chiquititas que normalmente pasamos por alto y no aceptamos como maravillas, porque no tenemos la necesidad de leerlas como tales. Puede ser que cuando ella vea alguien rogando por limosna en la calle piense: "Qué fortuna, aún puede oler las margaritas". 




Tanto la foto (que me tiene sin cuidado) como la ilustración (que sí aprecio) son mías. 

viernes, 4 de octubre de 2013

Los ancianos de Barcelona

¿Qué clase de cosas tiene sentido narrar sobre Barcelona? No debe haber empresa más agotada y menos productiva que hablar sobre los edificios de Gaudí, sobre los recovecos del Barrio Gótico, la gente que pulula en las playas de la Barceloneta. Por eso he decidido hablar de la tristeza en esta ciudad.

Barcelona está hecha para los jóvenes, para los fuertes y sanos, aún cuando un minusválido pueda andar tranquilamente por cualquier parte; está bien si es joven. Las personas sentadas en las terrazas, que ríen estruendosamente y beben sangría de forma copiosa, aún guardan en sus pieles el lustre de la juventud, puede que algunos pasen de los 60, pero todavía pueden caminar hasta la estación de metro sin que les pesen los huesos, pueden cargar solos las bolsas del mercado sin padecer la carga y, más notable e importante que todo lo anterior, no están solos. Las terrazas, los restaurantes, las plazas más importantes no tienen ancianos, o si los hay, nadie los rodea. Por las calles de Barcelona merodean ancianos solitarios, sin familiares ni amigos que cuiden de ellos, olvidados por todos, salvo quizá alguna institución estatal que una o dos veces a la semana les ofrezca espacios para que se reúnan entre ellos. Parece como si estas personas, al alcanzar la madurez, se hubiesen desprendido del árbol de la familia, para que la fruta añeja terminara de pudrirse en el suelo. A diferencia de lo que se ve en Colombia, acá no se encuentra una familia con hijos, nietos y abuelos juntos, parece que hay un momento en que la unidad se desgarrara, para no restituirse más. Lo más aterrador es que esto que describo lo han corroborado los españoles con que he hablado al respecto.

Me pregunto en qué momento se habrá desgarrado la familia acá en Barcelona; me pregunto si es sólo acá, o si sucede en toda España. Los ancianos que veo caminar por las calles criaron a sus hijos durante la dictadura de Franco, hablando con ellos en Catalán en las casas, por amor a la lengua con que ellos crecieron, para que no se perdiera, pero con miedo, recordándoles que nunca lo usaran en la calle porque el régimen franquista imponía durísimos castigos a quien se atreviera, incluso la muerte según he oído.  Imagino que en ese contexto las familias pasarían las noches conversando sentados a la mesa, en la intimidad y proximidad que ofrece el secreto, formando lazos de lealtad fuertísimos y herméticos. Imagino que después de la caída de la dictadura el miedo, las precauciones y el secreto habrán aflojado sus lazos poco a poco, lo terrible es que lo mismo sucediera con las familias.
He notado un anciano que todos los días va a sentarse en la misma banca cerca de mi universidad. Siempre está solo, elegantemente vestido, con sombrero aunque no haga sol, suele dejarlo sobre la banca, del lado izquierdo, y con un franca solemnidad se sienta a esperar a que el tiempo pase. Parece que se engalanara para ir a ver cruzar jóvenes que bien podrían ser sus nietos, a recordar la época en que sus hijos tenían esa edad y vivían entre el miedo y los aprietos que les hacía pasar Franco pero juntos, de la época en que llegaba a casa y alguien lo recibía, de los años en que cenaba con alguien y en que sus hijos le decían que no moriría solo, que ellos velarían por él. Ese hombre está atrapado entre el presente y el pasado, aferrado a la lejanía y atorado acá. He visto esa mirada en muchos viejos; el día que conocí la playa de la Barceloneta (tal vez el lugar con mayor densidad de turistas de toda la ciudad, lo que hace que sea imposible sentarse en la arena a leer o dormir bajo el sol, aparte de que los españoles y residentes la reconocen como una playa fea y sucia -cosa que parece no decirle nada a los turistas anglosajones, que retozan felices-) vi un anciano tomando el sol. De nuevo solo, ha debido costarle algo de trabajo llegar hasta las piedras en que esta sentado, disfrutaba del día soleado, como si hubiera salido a ablandar las tristezas en el último calor del verano. El sol le recorría las comisuras de la piel, los pliegues de la ropa, pero en su cuerpo, en la espalda encorvada, la cabeza que simplemente se dejaba caer, los músculos de la cara inmutables pareciera estar la revelación de que había algo más que ningún sol alcanzaba a alumbrar.


Pero no todas las miradas son iguales algunas veces uno ve mujeres andando juntas (normalmente de compras y acompañadas por uno o dos perros) y otras uno ve ancianos que escaparon. Tienen el cuerpo seco, caminan con movimientos muy cortos, como si las rodillas no sirvieran ya de bisagras, con las manos ligeramente hacia adelante y los dedos extendidos, y aún así, lo que maravilla en ellos es los ojos. Andan con los ojos abiertos de par en par, sin parpadear, sin moverlos, mirando siempre por encima del nivel de sus cabezas: acaso tuvieran una revelación tiempo atrás, un golpe de luz los cegara de blancura, dejando el lastre de sus cuerpos dando vueltas como muñequitos de cuerda y se llevaran sus almas a las alturas, a descansar en paz sentados en una playa cuyo sol no abriga un solo centímetro de piel, pero en cambio derrite todas las tristezas el pasado y el olvido de los hombres. Acá, en la ciudad de las plazas y las iglesias, en la que una de sus calles es famosa por ser aquella por la que arrastraron a Santa Eulalia mientras ella ganaba su título de mártir, en la que aún hay quien se da la bendición al pasar, parecen no darse cuenta de que están rodeados de cuerpos cuyas almas ascendieron a los cielos en vida y los cascarones deambulan esperando a volver a la tierra y ser nuevamente polvo, como ya lo fueron antes, aunque quizá no sean polvo enamorado.  

jueves, 18 de julio de 2013

Crónica de un día

Son las 5 de la mañana y detrás de la cortina de mi cuarto (que levanto poco a poco, con los ojos apenas abiertos, adoloridos por la resequedad) aparece una ciudad que aún no se levanta. No se levantan del todo las calles, es decir, porque adentro, en las casas y los edificios hormiguea un mundo de gente que ya empieza a correr contra reloj entre sus alegrías y deberes.
A medida que cumplo con las primeras de mis rutinas diarias veo cómo mi ventana se inunda de una luz gris que aclara el cielo y da definición a los objetos: está amaneciendo, aunque hoy el sol esté arropado con bruma. Carros van, carros vienen, pasando por el costado de mi edificio como si fueran a ser conducidos por debajo de mis pies. Cómo quisiera saber quiénes son y a dónde van… Si intentara rastrear el flujo de la sangre en mi cuerpo me haría esta misma pregunta; y no la respondería, sólo asumiría que eventualmente llega a todas partes. Al fondo, hermosos, los cerros orientales saturan sus colores, para luego desdibujarse hacia el sur, hacia el horizonte. Estos cerros enormes y duros, únicos testigos supervivientes de toda la historia de Bogotá se disuelven como el recuerdo del trazo de un pincel.

El transmilenio está extraordinariamente vacío y logro sentarme tan pronto entro. Todos están encogidos por el frío, endurecidos donde hayan quedado, ya sea que estén parados o sentados. En la ventana del bus del lado una señora se echa pestañina en su camino al trabajo en una proeza de destreza. Más de una vez, cuando he visto mujeres en esa tarea, he imaginado que cometen un error, embadurnándose un tercio de la cara. Espero mirándola, para ver si ocurre, pero su bus sigue derecho y la pierdo de vista. La señora a mi izquierda me mira con ojos desorbitados, pero no es su mirada, con los lentes de contacto verdes, rojos y marrones que usa y le dan un aire de lince que extraña en cualquier persona. Del ensueño al que me habían llevado las sonatas para piano que tengo conectadas en los oídos me saca un hilito de agua que se infiltró en el transmilenio como una grieta (o por una grieta, más bien). Hay una trama de agua que se escurre desde el techo y las ventanas del bus, baja por los costados, descansa en el borde de la ventana y acaba su recorrido parte a mis pies, parte almidonando la manga de mi brazo derecho.

En la estación de la 45 hay un flujo y reflujo de personas. Estas, que empezaron un flujo de la ciudad a los buses en su lugar de origen, se vuelven reflujo al bajarse y nace una marea que se divide en dos (Norte y Sur) para luego subdividirse en los muchos destinos a los que se llega desde este punto. Es un caudal que se desgaja en ríos secundarios, en riachuelos y quebradas de personas que, por gotero en unos casos y como raudal en otros, van llegando a sus destinos. Según el lugar al que cada uno vaya, se encierra a hacer lo que debe (aunque no necesariamente lo que quiera).

Un rato después salgo y me siento revitalizada al encontrar otra vez el aire frío en la cara, oír los carros que pasan sobre la séptima, ver las dos o tres personas que pese al clima decidieron sentarse juntas al aire libre a tomar café.

Camino bajando por la 45, entrando en calor a medida que pasan las cuadras, y entonces se me olvida que porque el cielo está gris yo debería estar sintiendo frío, como también olvido que mientras camino por la calle lo último que puede decirse es que esté sola; pero camino esquivando gente y carros sin tener consciencia de su compañía, como si fuera solamente un fondo móvil cuya velocidad varía según mi voluntad.

Ya casi llego al Parkway de la Soledad cuando la llovizna se empieza a estrellar contra mi cara. No es abundante, y en realidad sólo es molesta cuando me fijo en la sensación de frío y humedad que me queda en la piel, así que no abro la sombrilla, aunque siempre la cargue conmigo: la verdad es que cargo la sombrilla más como amuleto contra la lluvia que como resguardo. Otro par de cuadras más tarde la lluvia cesa sin hacerse notar y a lo lejos se corre un nubarrón, permitiendo que la luz del sol baje prístina, dulce y cálida por primera vez en el día, a calentarme, como una caricia, la nuca y el cuello. El rayo de sol se va, fugaz, pero ahora la calle por que camino tiene una luz un poco más clara. Una señora pasa montando en bicicleta, se ve cansada pero tiene una expresión calmada y alegre, le sonrío con complicidad. Cumplo con un par de tareas pequeñas, no muy significativas y emprendo otra vez el camino hacia la séptima. En eso se nos van los días: en tareas, grandes o pequeñas, que no nos importan demasiado pero construyen nuestras rutinas. No sé si podríamos soportar un día que nos conmueva de principio a fin, más aún si esto pasara todos los días, cada día. Lo dudo. Quizás sea un asunto de salud mental no darnos cuenta de todo lo que pasa a nuestro alrededor. Ahora cruza la calle un señor que carga una cantidad aplastante de huevos, tantos que la montaña de cartones acaba por ser más alta que él. Qué responsabilidad.

Llegando a la 13 veo un hombre sentado en una banca. Tiene la ropa ajada y ennegrecida, esconde la cabeza entre las manos, casi tocando las piernas y entre las rodillas sostiene una botella plástica que está boca abajo. Más de una vez me ha pasado que siento el deseo de ser solidaria con alguien pero no lo hago. A él no lo conozco y su condición de evidente mendicidad hacer que por definición desconfíe de él, como lo hacemos todos, presuponiendo que el vivir así los acerca más a la animalidad, haciéndolos impredecibles y por lo tanto, peligrosos. Aún así, la imagen más bella que jamás haya visto en Bogotá la presencié hace unos años junto a la plaza de toros: un hombre y una mujer estaban sentados en la calle, no en el andén, en la calle, cubiertos con telas sobrepuestas que de lo raídas y sucias ya no tenían ni color ni forma, rodeados de bolsas negras llenas de las cosas que habían conseguido con el transcurso del día. Ella subió la mirada, con ojos de dulzura, y con timidez se acercó a él, que la recibió entre sus manos como un regalo. En sus labios habrán encontrado el escape a la precariedad, a los días y semanas de sudor y tierra apelmazados sobre la piel, a la única oscuridad que formaron los dos, sin tener que volver a vestirse para ser lo que no son, porque ya sólo quedan el suelo y los labios que consuelan.

En el bus que va por la séptima me siento entre dos personas, casando como la ficha de un rompecabezas, así de justo es el espacio. El tiempo se va entre el sonido del motor del bus, que se asemeja más a un gruñido ronco que a un ronroneo, y mirar por la ventana, donde el aire nebuloso de este día nublado satura sus grises con flatulencias de los buses, que se disuelven, se elevan y se cuelan por las ventanas, traspasando ropa, piel y narices.

Me bajo del bus y camino. Otra vez está lloviendo; ahora es una llovizna densa y abro la sombrilla para estar más cómoda. La lluvia barniza el suelo, volviéndolo brillante, hasta que empiezo a pasar por un parque, donde se ve la huella de los árboles en los parches secos que sobreviven en el suelo, como un esténcil de madera y tierra.

Camino hasta llegar al Museo Nacional. Este edificio está lleno de encanto. No solamente porque es un museo y tiene la barriga llena de cuadros y silicios, lo que no es poco. Me gusta por la cantidad de historias de que está cargado, historias suyas y mías, y puesto que es el Museo Nacional del país en que nací, todas vienen a ser mías de algún modo. Sé que el Museo Nacional fue una cárcel. He oído que es un panóptico, pero no entiendo desde dónde lograban ver a todos los presos, y me pregunto si alguno de ellos alguna vez habrá logrado descansar sabiendo que está siendo observado de ese modo.
Caminando por el museo paso frente a una fotografía que Leo Matíz tomó mientras mi bisabuela aún vivía y recuerdo cuando una tía lejana me contó que mi bisabuela conoció a Gómez Campuzano y estudió con él, recuerdo que me han dicho que ella venía al Museo Nacional y se sentaba frente a los cuadros para copiarlos. Me estremece pensar que por donde pasan mis pies un día estuvieron los de mi bisabuela y antes que ella los de cientos de reos que poco a poco se habrán ido desviviendo entre estas paredes de ladrillo y piedra. Bajo mis pies florecen los pasos de los muertos cuando recuerdo que tantos de los ladrillos que hoy veo ellos también los tocaron, aunque sé que el museo que yo veo no es la cárcel que ellos habitaron.

Deambulo por el museo, veo una obra gigantesca de la que no logro sacar nada en limpio y subo al tercero piso. Leo la historia de cómo el Panóptico se convirtió en Museo y sigo sin entender cómo podía funcionar en tanto panóptico. En el costado izquierdo del corredor hay una celda que mantuvieron intacta. Entro, leo la nota que está en la pared y me siento en el suelo. A mirar. ¿Cuántas personas habrán pasado por esta misma celda? ¿Cuántas personas están sentadas en el mismo lugar, en esta posición, a la misma hora, pero hace setenta u ochenta años? Un muchacho pasa a zancadas frente a mi celda; apenas alcanza a decir “Uy, jueputa”, antes de apurar el paso para encontrarse con sus amigos: la sombra oscura que ve de reojo en el suelo acaba de pegarle el susto de su vida.

Son las 5 de la tarde y salgo del Museo. Las nubes se descargaron y abrieron paso a que bajen los últimos rayos de luz, que alargan las sombras hacia los cerros. Una pareja sentada sobre el borde de piedra del antejardín del Museo se abraza por encima de un vientre redondo: se ve en sus ojos que sienten angustia. Un perro lanudo y rucio tensa sus músculos, echado en el suelo, calentándose al sol por primera y última vez en el día. Camino hacia el norte viendo cómo los edificios y la gente pasan entorno a mí. El silencio cubre la séptima, un ciclista pasa solo y tranquilo por la mitad de la avenida. Entonces se oye un rugido y con una ola ruidosa se desata la marea de motores y llantas del contraflujo, inundando el norte de la ciudad de autos y personas. Las sombras se alargan, ensanchan y oscurecen en los esténciles de sombra que los árboles dibujan en el Parque Nacional mientras la luz empieza a saturarse de un amarillo que luego dará paso al naranja y el rosa, preparando la gloria de los atardeceres bogotanos.

Bajo por la 45 a la Caracas y entro a Transmilenio para enlatarme junto a cientos de personas que salen de sus lugares de trabajo o estudio y son bombeadas del corazón a las extremidades de la ciudad. Entro con el morral colgando de una mano, intentando colarme hacia el centro del bus, pero hoy apenas logro pasar de la franja amarilla tras la puerta.

Llego a la estación en que necesito bajarme y entre la presión de hombros y maletines busco mi camino hacia la salida. En el puente entiendo cómo se sienten los salmones nadando contra la corriente: voy en clara contravía, intentando llegar a un lugar del que todos quieren irse. Sigo, arrinconada contra la baranda, hasta que gano la división Oriente-Occidente del puente y una vez giro hacia el Occidente llega la calma. Camino tranquila hasta mi edificio y veo cientos, miles de carros que desfilan ante mí.

Hacia el Occidente las nubes juegan y dibujan figuras oscuras sobre un fondo naranja y rosado. Al atardecer las nubes en Bogotá hacen origami, juegan a las sombras chinescas, esculpen esculturas entre la maraña de borreguitos que a veces se deshacen en motas de algodón y se vuelven ramas de árboles, telas de araña, cuellos de dinosauros o amasijo de plastilina listo para que una gran mano se estire al cielo y juegue sobre ese tablero que poco a poco se va tragando los colores, difuminando el trazo de naranja que se angosta y se hunde en el horizonte. Ya pronto el espectáculo se va a acabar. La oscuridad y las nubes tendieron su manto, y entonces el iluminista se para, sopla una vela y se va. Es la noche en la ciudad.

jueves, 9 de mayo de 2013

Tierra roja y lluvia torrencial - Una cucharadita

El libro que estoy leyendo por estos días es Tierra roja y lluvia torrencial del hindú Vikram Chandra. Es un libro bello, construido como una matrioska, y hoy llegué a un par de páginas que he disfrutado tanto que decidí copiarlas acá para que también hagan las delicias de ustedes, lectores.





– Hablaré. Os aconsejaré. ¿Qué tal si os cuento una historia? Una historia sobre mí y sobre algo que hice con un amigo cuando era más joven. Como todas las buenas historias de soldados, en ésta salen dos jinetes, una mujer bella, un buen caballo, una espada. De hecho, aún guardo la espada, mirad -tiró de su cinturón y le fue dando la vuelta, hasta que vieron la empuñadura de una espada, tallada en jade blanco en forma de cabeza de caballo.

Escuchad. Una vez, hace tiempo, cuando yo era joven, casi tan joven como vosotros, conocí aun hombre, un hombre llamado La Borgne, un saboyano. En la forma franca y directa en que los hombres se conocen en tierra extranjera, enseguida me sentí atraído por él y lo invité a mi casa.En aquella época la fortuna me sonreía: yo era un soldado al servicio de alguien poderoso (no importa quién fuera; al final, todos son iguales) y tenía mi casa llena de criados, así que agasajé a mi amigo con una comida espléndida. Comió y contemplé con envidia su placer al descubrir por primera vez las delicias de la cocina mughlai. Después, se echó a dormir; su cara se relajó y quedé maravillado al ver la paz de su rostro, porque, sin duda, era un hombre libre de sueños. En cuanto a mí, no me importa confesarlo: después e comer de aquella manera, suelo tener pesadillas; mis amigos dicen que muevo los ojos de un lado para otro, que agito los brazos y piernas y que, en ocasiones, me levanto y echo a andar bajo los árboles de altas copas. Como decía, me quedé mirándolo, y luego, cuando se despertó, oímos los cascos de una caballería al galope, y vimos a lo lejos un grupo de jinetes. La Borgne, ya despierto, y yo los estuvimos mirando, con el sol poniente al fondo. Sentí curiosidad y envié espías para que me informaran acerca de aquellos jinetes lejanos.
Volvieron la misma noche, uno vestido de gitana vieja y otro de vendedor de perfumes. Nos contaron (para entonces, La Borgne conocía todo cuanto yo hacía, porque era un joven muy agradable), nos dijeron, decía, que se habían acercado a los fuegos del campamento y se habían mezclado con ellos, bromeando, aconsejándoles los mejores vinos y las carnes más tiernas, y habían comprobado que los hombres, un puñado diverso de rajputs, turcos, afganos sijs, marathas, brahmanes avadhi, bengalíes, cachemiros, árabes y alemanes, un montón de alemanes, y un par de ingleses, estaban entregados a una búsqueda, a la búsqueda de un tesoro que se trasladaba con el sol. Y yo dije, qué maravilla, pero mi amigo se rió despectivamente.
A pesar de eso, a la mañana siguiente lo saqué de la cama, montamos a caballo y nos acercamos al campamento aprovechando los escondijos de la naturaleza y la oscuridad. Poco antes de que saliera el sol, los hombres se levantaron y empezaron a moverse rápidamente en círculo. En el centro de ese círculo habían construido un articulo extraño: un fuego y encima de él una sartén llena de agua, y dentro del agua un espejo, flotando hacia arriba. Cuando el primer rayo de sol apareció por encima de los árboles, el humo del fuego subió serpenteando por encima y alrededor de la sartén, pero entonces el espejo reflejó un rayo de sol, fue como una explosión, y todos nos llevamos las manos a los ojos.
Cuando volví a mirar, había una mujer de pie, delante del fuego, envuelta en humo, vestida con un sari blanco, el pelo negro azabache, y de su boca salió un caballo blanco, un caballo de perfectas proporciones, que caminó alrededor del círculo levantando las rodillas en alto, sacudiendo la cabeza a un lado y a otro, con los ojos muy abiertos y centelleantes, y sentí miedo. Y entonces, la mujer preguntó a cada uno de los hombres: ¿quieres este caballo? Di la verdad. Y cada uno de ellos respondió que sí, y ella decía entonces, pues no tendrás el tesoro.
Levantó la mirada hasta nosotros, pues sabía que estábamos allí, a pesar de estar bien escondidos, y preguntó, ¿quieres este caballo?, y La Borgne dio un paso al frente y dijo, no, mátalo, y todos los demás gritamos horrorizados, porque de todos los seres que han vivido era demasiado perfecto para morir. Pero la mujer sacó una espada, ésta, la de la empuñadura blanca en forma de cabeza de caballo, y cuando el caballo pasó junto a ella, le hundió la espada en el pecho, en el sitio donde los músculos salientes forman un valle. El caballo sacudió hacia atrás la cabeza, luego dio un traspiés, hacia atrás primero, y la espada salió de la roja herida recién abierta, y todos nosotros, excepto La Borgne, gritamos desesperados. Luego, la mujer le dijo: tú tienes el tesoro, y desapareció, dejando la espada clavada en la oscura tierra. Entonces, todos los hombres maldijeron a La Borgne, porque había causado la muerte del caballo a cambio de nada, pues no había ningún tesoro, y se burlaron de él. Desenvainaron las espadas y yo los ataqué por detrás, y luchamos por encima y alrededor del cadáver (todavía bellísimo) y los matamos a todos. Entonces dije a La Borgne: te he ayudado porque eres mi amigo, pero ahora lucharé contigo porque has causado la muerte del ser más perfecto del mundo. Se rió de mí y entonces lo odié: corrí hacia él con la espada, pero me esquivó con facilidad y me dio un tajo enorme en la frente, vaciándome un ojo. Caí al suelo y allí quedé tendido, con la cara sobre el vientre del caballo, gritando de dolor y de rabia, y le dije, has hecho esto para nada. Necio, me dijo con desprecio, necio porque creíste que el tesoro era oro, o este caballo, o esta espada, o la mujer. Yo tuve el tesoro desde el momento en que hablé, y diciendo esto me arrojó el arma y se fue.
>>Me recuperé de la herida o, al menos, la curé, y he vivido otras muchas aventuras. He sido rico, luego poderoso, luego pobre y, de nuevo, otra vez rico; finalmente, heme aquí. Y mientras me deslizaba lentamente en el pozo de la pobreza y la vejez, La Borgne iba de victoria en victoria, cada vez más rico y más poderoso, hasta terminar siendo De Boigne, el jefe del Chiria Fauj. Pensé en él a menudo, por no decir constantemente, y cada vez que me enteraba de uno de sus triunfos, sentía que me subía un dolor de mis entrañas hasta ahogarme en la garganta; si me hubiera dado cuenta, pensaba, si hubiera pensado, habría dominado el Indostán. Y recorrí todo el país lleno de amargura, pasando de una situación mala a otra peor, sin dinero para regresar a mi patria, sin nada para volver a mi casa, hasta que, finalmente, el único empleo que pude encontrar fue de cocinero de un alcahuete, un tratante de medias castas, y me humilló, creedme que me supo peor que la carne podrida, pero nunca vendí esta espada, la conservé siempre, aunque muchos la codiciaban y me ofrecieron grandes sumas de dinero.
Hoy hubo un gran revuelo en el bazar y la gente corrió por las calles; los niños hacían piruetas y se enfrentaban con espadas de madera. ¿Qué ocurre?, pregunté, y me dijeron, va a pasar el gran De Boigne, que se embarca para Calcuta. Así que dejé a un lado el cucharón y las especias y me puse mi mejor chaqueta, me colgué la espada, corrí por la calle hasta la orilla del río y avancé entre la multitud. Después de una hora, o quizá dos, vi que, despacio, despacio, bajaba por el río un grupo de barcas y me puse las manos a modo de visera para ver mejor, pero el reflejo del sol en el agua me cegaba. Así que grité: La Borgne, La Borgne, Laaaaa Boooorgne, y la gente empezó a apartarse y a reírse de mí, pero yo seguí llamándolo; Los de las barcas me miraban y algunos levantaban el puño amenazándome para que me callara, pero entonces, en la tercera barca, un hombre apartó las cortinas y un dosel, un hombre alto, grande y pesado, y apuntó con un catalejo a la orilla. Salté, agité los brazos y levanté la espada, Laaaa Boooorgne, volví a gritar, y entonces bajó el catalejo y dijo, Moulin, Moulin, ¿eres tú?
De pronto, me sentí feliz. Corrí a lo largo de la orilla, siguiendo a la barca, y él gritó: Moulin, tenías razón, tenías razón, y su voz rebotaba en el agua y se perdía en un eco. No puedo soñar, siguió gritando, no puedo soñar, Moulin, y a pesar de la distancia y del jadeo de mi pecho, pude advertir la tristeza de su voz rota; incapaz de correr más, me detuve, y las barcas aumentaron la velocidad en un recodo del río y él me llamó otra vez, por última vez, en un tono de nostalgia irresistible, destrozada: Moulin, Moulin, soy libre, libre.
Cuando pude levantarme volví al pueblo, vendí todo lo que tenía, no mucho, y con el dinero que me dieron compré media docena de botellas de este vino miserable: un vino francés, seis botellas; ahora sólo me queda la última. Cuando se acabe, habré acabado yo también; la historia, caballeros, está a punto de terminar, ¿y cuál es la moraleja? ¿En sentido? No lo sé, caballeros, eso tendréis que averiguarlo vosotros; pero seguramente pensáis que el narrador debe dar algo, por lo menos algo. Muy bien, por mi parte, yo os entrego esta espada; os entrego, con cuidado y agradecimiento, mi última ilusión.


Vikram Chandra. "Tierra roja y lluvia torrencial". Barcelona: Random House Mondadori. 2007. P. 267 - 272.

miércoles, 10 de abril de 2013

Las flores de los cementerios

Los cementerios me gustan. No estoy del todo segura de a qué se deba, pero me producen una sensación de paz y, especialmente, una inmensa curiosidad. Siento que los cementerios son canteras de historias, como lo son los cuerpos de todas las personas, y me gusta intentar leerlas en las lápidas y mausoleos. Acaso esta sensación crezca al pensar que no es tan frecuente este gusto; porque es cierto que me divierte hacer cosas inocentes que la gente mira con extrañeza, como comprar globitos inflados con helio y andar por la calle con ellos atados a la muñeca.

Ayer estuve en Hacienda Santa Bárbara y recordé que muy cerca hay un cementerio; decidí buscarlo otra vez. No sabía exactamente su ubicación, sólo recordaba que es pequeño y que en la época en que lo conocí me impresionó mucho haber visto una lápida del tamaño de una ratonera, escondida, justo a ras del suelo, con el nombre del muerto desdibujado por el paso del tiempo y el olvido. Mientras caminaba por la carrera que está arriba de la plaza de Usaquén me hice preguntas sobre aquel muerto. ¿Quién habrá sido? ¿Por qué lo habrán enterrado ahí? Sé que en los cementerios el lugar que ocupa un mausoleo y su tamaño son dicientes de la condición social del muerto, pero no alcanzo a imaginar la historia de esta persona para que, habiendo pagado por ella un espacio en ese cementerio al norte de la ciudad, hayan decidido enterrarla de esa manera. Porque, de hecho, no pertenece a ningún mausoleo, la lápida está en la pared del cementerio. Ahora pienso que quizá el problema no era de condición social, sino de deshonra, ¿habrá cometido suicidio?
Estaba  a punto de rendirme cuando, mientras bajaba por la calle que lleva a Cinema Paraíso, miré hacia el norte y vi un muro de ladrillo. Inocente, desnudo. Solamente por no perder la oportunidad decidí ir y mirar, con tal suerte que resultó ser el cementerio que buscaba.

Mis recuerdos decían que ahora había más espacios vacíos en el cementerio que la última vez que lo había visitado. En algunos casos incluso alcanzaba a ver el vacío detrás de la placa blanca de madera con una D negra pintada que usan para marcar los lugares disponibles. Los ojos de los amigos que han tenido que contarme (por librarse del peso) que deben desenterrar a un ser querido porque el contrato de arrendamiento con el cementerio ya prescribió me visitaron mientras caminaba por los corredores.
Recorriendo el cementerio de San Pelayo me llamó la atención la profusión de colores vivos que hay allá. El cementerio parecía vestido de carnaval, lleno de flores frescas. Pero:

"Porque este cielo azul que todos vemos,
ni es cielo, ni es azul: ¡lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!"

Lupercio Leonardo de Argensola
(1559-1613)

Las flores eran todas de tela. 

Esas flores me intrigan. No son gratuitas. Siento que son un gesto ambiguo, como si el mismo objeto fuera un esfuerzo por decir que siempre piensan en el muerto, que su cariño por él no se marchita, pero al tiempo el reconocimiento de su hipocresía, porque lo recuerdan tanto que prefieren dejarle unas flores falsas que ir cada cierto tiempo a cambiarle las flores marchitas, o simplemente reconocer que no han de ir nunca y no dejar nada. Pero, ¿cómo pedirle a alguien que vaya con tan alta periodicidad a visitar a sus muertos? En mi familia hay muertos protagónicos, como mi bisabuelo "papayata", que se llamaba Julio Arrieta. Fue médico, trabajó como civil y como médico del ejército, fue un extraordinario padre y abuelo, según me cuentan, y tal protagonismo tiene en mi familia que sé más sobre mi bisabuelo (a quien sólo alcanzó a conocer uno de mis primos, cuando estaba en brazos de su madre) que de mi abuelo, a quien nunca vi. Aún así, no recuerdo haber ido nunca a visitar la tumba de mi bisabuelo, pese a que creo saber dónde está. Parece que, al menos en mi familia, no hay una correspondencia directa entre el recuerdo por nuestros muertos y los homenajes que les rendimos. Entonces, ¿cómo leer ese gesto de las flores artificiales? 

Paseando la vista por los huecos de los mausoleos recordé una historia de Lina María Pérez, sobre un hombre que vive en el cementerio central y entonces mi imaginación empezó a llenarse de todas las almas de las personas que habitan los mausoleos. Imaginé a todos los ocupantes que han pasado por ahí  aún habitándolas, incluso cuando los huesos ya han sido removidos. Imaginé un alma despertándonse en la mañana y desperezándose dentro del ataúd. Un ataúd que no era suyo y en el que no estaba solo, porque en lo etéreo de las almas, varias habitaban el mismo espacio, fusionadas por la ausencia de sus cuerpos, pero diferenciadas entre sí por el recuerdo de sus identidades. Las almas conversarían entre sí y la más joven de ellas saldría a su lápida a ver si le dejaron flores frescas, como quien recoge el correo. Luego vendría la charla sobre quién recibe más flores, sobre a quién ya lo olvidaron: "¿Será que el resto de mi familia ya se murió también?" Sí, estamos ante el germen de un cuento. Probablemente sea el único camino en que pueda responder a estas dudas. 

Saliendo del cementerio volví a encontrar esa lápida cuyo recuerdo me había acompañado durante tanto tiempo. Pertenece a una mujer. En mi historia, creo que ella sería la única que nunca compartiría ataúd con nadie, condenada a la soledad hasta en la tumba. 




A la memoria de Elisa Grau de Toro
(Quien quiera que haya sido)

jueves, 28 de marzo de 2013

Festival Bogotá es Beethoven - El concierto triple para violín, violonchelo y piano y la Sinfonía No. 7


Supe del I Festival Internacional de Música de Bogotá en el lobby del Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo, mientras esperaba para entrar a un concierto; pocos día después fui a Cinecolombia a comprar las boletas (“Se van agotar volando”, pensé) y después de eso no oí más del Festival por meses. El tiempo fue pasando y poco a poco el Festival comenzó in crescendo a hacerse sentir en la ciudad; de modo tal que al llegarse el momento del inicio del Festival, prácticamente toda la boletería, en todas las localidades y para todos los conciertos, estaba agotada.

Ayer, 27 de marzo, fue el primer día del festival y tuve la oportunidad de asistir al concierto No. 2, en el que los solistas Fanny Clamagirand (violín), Xavier Phillips (violonchelo) e Igor Tchetuev (piano) interpretaron el Concierto triple para violín, violonchelo, piano y orquesta en Do mayor, Op. 56 de Beethoven, acompañados por la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Tras el intermedio, la OFB tocó la Sinfonía No. 7 en La mayor Op. 92 de Beethoven. El concierto estuvo a cargo de la batuta del director Enrique Arturo Diemecke.

La primera parte del programa se abre con los contrabajos y violonchelos que con un suave ronroneo van preparando la entrada del resto de la familia de las cuerdas, tras las cuales poco a poco aparecen los instrumentos de viento y, después de un forte de la orquesta, conocemos  al señor Xavier Phillips, con su violonchelo fabricado por Matteo Gofriller en 1710, inundando el espacio, con un sonido dulce, espeso y amable que mantuvo durante todo el concierto. Phillips inhala, presenta el tema del primer movimiento y mira a Fanny Clamagirand, con lo cual comienza un diálogo  al que después de une Igor Tchetuev. Las voces de chelo, violín y piano interactúan por varios compases, primero el chelo dándole paso al violín, luego un diálogo entre los tres y después el violonchelo y el piano se responden, hasta que el piano da entrada a la orquesta, que aparece como un destello y se repliega nuevamente, apoyando los intercambios entre los instrumentos solistas. Es así como el primer movimiento nos mostró a Xavier Phillips como el puente, el conector, entre los solistas (por medio de los diálogos entre los instrumentos) y la orquesta (gracias al entendimiento entre el violonchelista francés y el director de la orquesta).

El segundo movimiento del concierto, un largo, abre con un solo del violonchelo. En el instante previo a la primera arcada, Phillips miró a Diemecke, asumiendo el peso del concierto, y bajando la mirada se entregó al instrumento. Su primera intervención abre el paso a un diálogo entre los solistas, aunque este mucho más calmo y de algún modo nostálgico. El segundo movimiento cierra como comenzó: con un  solo del violonchelo que con cada arcada va ganando fuerza, hinchándose en un crescendo que súbitamente desciende porque no apunta a un tutti de la orquesta, sino a convocar al violín y el piano, ahora con un ánimo festivo. Tras este encuentro surge nuevamente la orquesta. Con cada juego de diálogos entre  los solistas, el ánimo de los tres crece, y tras ellos, con breves intervenciones de cada solista, el de la orquesta, después de lo cual matizan hacia un piano, como tomando aire para volver a crecer. En el diálogo final, que es abierto por el violín, Fanny Clamagirand hizo gala de sus capacidades, logrando una proyección del sonido que se destacó con relación a sus otras intervenciones en el concierto.  Clamagirand invita a Phillips, quien a su vez trae a Tchetuev, su sonido crece y luego cae levemente, invitando a la orquesta a unirse, para los últimos compases y las dos notas finales, que se presentan a modo de conclusión.

De los tres solistas,  mi absoluto favorito fue Phillips, como supongo que se habrá hecho evidente por la narración anterior, seguido por Igor Tchetuev quien, si bien estuvo en comunión con los solistas y la orquesta, parecía transportado a otro lugar, bebiendo ambrosía entre musas. Fanny Clamagirand demostró ser una excelente violinista, pero a mi modo de ver habría podido lograr un sonido más potente a lo largo del concierto, un sonido equivalente al que proyectaban Phillips y Tchetuev con sus instrumentos.
El concierto fue realmente bueno, pese a lo cual la reacción del público resultó un tanto magra. Sin pensarlo mucho, me puse de pie, en un gesto de gratitud con los solistas y, decepcionada, encontré que estaba sola en esa iniciativa.  Los solistas y el director salieron, los aplausos continuaron, volvieron a entrar y entonces varios más se pusieron de pie al tiempo que yo lo hice, pero fuimos pocos aún.



Tras el intermedio entramos a escuchar la Sinfonía No. 7, aunque yo ya estaba satisfecha. Si con el concierto anterior hubiese acabado todo, habría partido a mi casa feliz y tranquila.
Siento que mis comentarios sobre la segunda parte del programa no han de ser ricos, como tampoco lo fue, según mi parecer, la interpretación de esta Sinfonía. La orquesta parecía sumida en una abulia que hizo que el primer movimiento se sintiera como una oración eterna, con cuanto complemento fuera posible, sin ir a ninguna parte, sin el alivio de un punto final. Cuando concluyó, el maestro Diemecke, que conoce el público colombiano, extendió su mano derecha, con la palma abierta hacia atrás, dándole la espalda a quienes aplaudían, pidiendo que respetaran el silencio que debería haber entre un movimiento y otro, cosa que rara vez ocurre en Colombia. El segundo movimiento, un allegretto, me resultó más interesante, en particular gracias a la labor que violas y violonchelos cumplen en él. Al finalizar el segundo movimiento hubo un silencio breve, interrumpido por algunos aplausos tímidos, al que se opusieron otros susurros. En contraste, Diemecke hizo comenzar el tercer movimiento sin darle mucha espera.  El tercer movimiento hizo bailar al director, pero en mí no despertó la menos conmoción. Sobre el cuarto movimiento tengo la vergonzosa confesión de que no tengo nada para anotar, ya había perdido todo interés.
Cuando se acabó la sinfonía, el mismo público que reaccionó de una forma tan parca ante la excelente presentación del concierto triple se puso de pie y aplaudió haciendo que Diemecke entrara y volviera a salir en tres ocasiones. Claramente, anoche el público y yo no coincidimos en ninguna de nuestras impresiones. Los aplausos se callaron y poco a poco la gente empezó a salir, momento en el cual un hombre que estaba en una de las sillas de los palcos superiores alzó voz en pecho, protestando por aquellos que se interponían cuando había aplausos entre movimientos: “La música no se va a ver afectada”, me pareció oír. Todo el auditorio lo miró, quieto donde estaba y luego, ignorándolo, en un gesto casi de menosprecio a su posición, se fue sin que nadie respondiera. 

Si desea más información sobre el I Festival Internacional de Música de Bogotá, la puede encontrar aquí. 
Si desea información sobre los solistas del concierto triple, aquí están sus páginas:
Xavier PhillipsIgor Tchetuev, Fanny Clamagirand